1 de marzo de 2015

diez&ocho

"Cuente siete estrellas y soñará conmigo. (...)
Recuérdelo bien. No más de siete estrellas."
G.G.M.

La cuestión no era contarlas. Simplemente observarlas. Mirarlas en el espejo, e imaginar tu abrazo, desde atrás, cerrar los ojos y pensar que estás ahí, cerrarlos más y comenzar a sentirte, cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Y a medida que desaparecían, saber que el recuerdo estaría más presente, porque momentos así no se olvidan. Porque la última sigue ahí, resistiéndose a irse, pequeña, pero insistente, casi sabiéndose única. 

Cierra tus ojos por un momento. Ciérralos y moja y muerde tus labios un poco, permite que éste beso dure para siempre, hasta que te vuelva a ver, porque nuestro baile todavía no acaba y nuestra ropa sigue en su lugar. Acércate y dime que aún me sientes. Respírame. Dime que tus manos siguen en las mías y que no las soltarás jamás. Acércate y pregúntame qué significa, porque ahora lo sé, parce qu'il signifie que j'aussi. Beaucoup.

Mirar al cielo, pisar el suelo. Ninguno de los dos volverá a ser lo mismo. Mi color favorito se convirtió en ti, y al otoño le tomé cariño. Te diré que tu nombre me sabe a estrellas, que tu boca es la luna y tus brazos me suben hasta allí, hasta un lugar del que no quisiera nunca bajar. Desde aquel primer momento, aquella mirada unidireccional, aquel suspiro y aquella muda exclamación de sorpresa, aquel encuentro destinado a ser quién sabe qué, pero destinado a algo a fin de cuentas. Te diré, sin más, que tu nombre es magia.

Te hablaré para mis adentros, te recordaré lo mucho que te echo de menos, lo grandioso que sería verte sonreír, porque sabes que me encanta. Dulcifica la voz y respóndeme y te juro que te escucharé hasta que te quedes dormida y que aunque amanezca dejaré la luz encendida y los brazos abiertos, pues si en algún momento te cansas de pelear con las cobijas, con gusto te envolveré yo. 

Contaré de tres en tres para recordarte. De las nocturnas dieciocho al veintiuno que te debo, al helado veinticuatro en que todo empezó. Números con más contenido que su mismo trazo, que cuentan más historia que cantidad, que convierten la casualidad en un deleite. No hay mejor sueño recurrente que aquel que conviertes en realidad. Y has de saber, mon coeur, que te he soñado. Que tu est mon rêve. Mon seul souhait. 

19 de enero de 2015

Ascendente/Descendente

Un parpadeo incesante. Una luz que se apaga cada vez que se sabe existente. El abrazo de un calor incapaz de sobreponerse, que tiembla ante la altura, ante la probable imposibilidad de librarse del aturdimiento al que está sujeto desde hace tanto tiempo. Se derrumba. Se deshace. Se abandona.

Aún está presente el mismo deseo. ¿Por qué aún no has narrado aquella historia? Tanto que te lo han pedido. El aire entra y sale sin permiso, siempre esperando, al mismo ritmo que se exhuman las probabilidades cada vez que se da un paso. Que el corazón aguante tanto como pueda, tanto como se lo permitas. Que brinque y explote cada vez que te ve, que muera cada vez que te vas, que renazca siempre que te sueñe. Y pregunta cómo lo hace, cómo después de tantas vidas sigue alerta, podando el verde, viviendo en un rojo eterno.

Más allá de las estaciones, del frío sol y refrescante lluvia, no hay nadie que espere a que el siguiente tren llegue. Jamás se olvida el horario, pero nunca se llega a tiempo. Sólo se alcanza a ver el humo, lejano y frío, que a pesar de la partida siga confiando en que la siguiente ocasión será suficiente la premura, el caminar rápido y el cansancio nulo. ¡Ingenuo! Ingenuo, sin duda. ¿A qué juegas, dime? Cuéntame, que no te entiendo. ¿Me dirás? ¿A qué juegas? A saltar bajo esa lluvia. A mojarme, claro está. ¿Qué no lo ves? ¡Mírame, vaya! ¡Mírame, te digo! Mírame, que si salto es para que me veas, porque hice llover para ti, para que te mojes también, para que saltes conmigo.

Y es que parece que el tiempo no alcanza, pues el horizonte se ve cada vez más cercano. Y eso no está bien, no se siente igual. Esa línea que divide se ve tan delgada, tan frágil, que me pregunto si será más sencillo romperla yo, tomarla en mis manos y juntarla toda, como una sola, como jamás ha sido. Tenerla en mis manos, observarla y dejarla caer. Porque a quien engaño, jamás se romperá, aunque se caiga, aunque lo suelte. ¿De qué sirve suspirar si el aire no regresa? El planeta ya no se mueve, las nubes ya no llegan, y nunca volverá a llover. 

¿Podría pedírtelo? Ya no sé. Te ofrezco más que mis manos. Un día en que no salga el sol, que permita dormir más de lo debido, que haga que el cielo se mantenga siempre del mismo tono. Pero que llueva. Que siempre llueva. Que llueva hoy y mañana y siempre. Prometo mojarme. Prometo saltar. Prometo tener las manos libres y extenderlas hacia arriba, siempre pidiendo más lluvia. que se ahoguen las ganas y que no surjan de nuevo jamás, no por muertas, sino por satisfechas. De arriba a abajo, hasta la última de las palabras, de los puntos y las preguntas.