4 de noviembre de 2014

Resúmenes en Calidad de Urgentes

¿Cambiar de parecer? ¿De verdad? ¡De verdad!

Decisiones, eventos, confesiones, historias, consecuencias, sorpresas. Todo junto, revuelto y combinado en un tazón, calentado a punto de epifanía, dejado reposar por un par de meses y servido frío para el mejor disfrute del comensal. Se agradece la compañía, se paga la cuenta con intereses y se deja propina proporcional a lo aprendido. Se retiran, y se cierra el local.

Conviérteme en aquello que rechacé, en aquello que jamás pensé posible, en aquello que sólo imaginé. Viéndolo desde ésta nueva perspectiva... no es tan malo. Tantos cambios, tantos inicios nuevos, seguro que dejan un sabor de boca extraño. Pero no desagradable. De los fantasmas a los vivos, de lo creíble a lo imposible, de lo incómodo a lo formal. Límites y fondos que no son más que extensiones de uno mismo, que van más allá de la desesperanza y el displacer, de la ilusión y la sorpresa.

Versos nuevos que se presentan, escritos con tinta invisible, sin métrica ni rima. Versos que sólo buscan existir un momento y expirar tan rápido como llegaron, como el cuento de aquel beso, ese beso furtivo, que sin quererlo cambió el color del cielo y provoca mirarlo más seguido que de costumbre, con una sonrisa en la boca y un sol en cada ojo. Un cuento inexistente pero que ya se echa de menos, pues está a punto de desaparecer, como el verso que lo forma, como el sueño que lo mantiene.

Ir a contrarreloj desgasta. Que uno llegue antes no hace que la función se adelante. ¿Y si llego un poco tarde? ¿Me aceptarías igual? No es necesario, es más algo curioso, más peculiar. Levantar la mirada y sentirse señalado y observado, darse cuenta de que ya se dieron cuenta, y aún así no ocultarse tras los pilares. Querer hablar, querer volar. No hay más alternativa que buscarlas. Y sobre todo, seguirlas y utilizarlas.

No quiero voltear atrás y darme cuenta del abismo. Andar por andar no funciona, se necesita un objetivo, un lugar a donde ir, pero jamás escapar. No tiene caso esconderse de la lluvia, esperando a que escampe, porque nunca se sabe cuando pasará. Mejor salir cuando se quiera, mojarse un poco y llegar a casa por un descanso y un café. Un bien merecido café, después de tanto esfuerzo, después de tanta lluvia.

28 de septiembre de 2014

Lecciones

No hay refugio seguro. Y eventualmente, se dio cuenta que no lo habrá. No tiene sentido seguir huyendo, seguir queriendo escapar de lo inevitable de los sucesos, de las consecuencias. Tantos días que vivió en las sombras, tantas noches con perturbador insomnio, le dejaron más heridas que cualquiera. El contrato que firmó lo tiene en la mesa, con sus notas a medio borrar y su nombre en tinta azul. 

Los nuevos deseos se hicieron más fuertes que la costumbre. Desistió de la inútil espera, de las falsas esperanzas y de su triste anochecer. Regresó del abandono, abrió las ventanas y dejó que el sol entrara a su cuarto de nuevo. De vez en cuando piensa, respira profundo, sin dejarse llevar por esa nostalgia ácida que tanto dolor causó. Perdió más que la presencia, perdió a pedazos su propia sanidad, se perdió a si mismo. Se despertó de un mal sueño, tirado en una desconocida nieve, fría como ninguna, llena de preguntas y súplicas vacías.

Sus monstruos siguieron siendo monstruos porque les dio la espalda. Les dio forma y fuerza, se dejó abatir por ellos hasta casi borrarlo por completo. A gritos y llanto les rogó que se marcharan, gritos y llanto tan sinceros como carentes de receptor. La noche cayó y le dejó solo, sin luz ni sentido, desorientado y con náuseas. "¡Abre los ojos!", se dijo. "¡Abre los ojos!", escuchó.

Se encontró con un brillo perdido. Un par de luces deslumbrantes, con un aura que le hizo suspirar. Un ritmo casi olvidado, retomado bajo la promesa de un futuro más cálido. Le devolvió el aire y su sangre logró despertar. No tiene cómo agradecerle, pues el brillo no imagina siquiera lo que causó, no lo sabe y probablemente no lo sabrá jamás. Pero lo recuerda y le sonríe, le dedica un pensamiento y le escribe un "tal vez" en una nube, que guardó en su bolsillo.

Ya no tiene miedo. Ya no lo ve, ya no lo siente. Al menos, ya no tanto. El tiempo no le sanó las heridas. Lo hizo él mismo.