Un comienzo lento, introduciendo al
público al primer acto, cuando apenas el telón se ha abierto y permite observar
las tenues luces sobre el escenario. Poco después, se escucha casi sin querer el
sonido de una pisada de bello origen. Una pisada ligera, insegura, que luego de
una pausa, es seguida por otra con igual temor, y luego otra, y otra, hasta que
el primer personaje sale de la penumbra para tomar su lugar justo en medio de
las luces, casi opacándolas con su propio fulgor.
Después de segundos que parecen
no tener fin, se escuchan, de nuevo, pisadas, provenientes del lado contrario.
Pisadas más fuertes, pero igual de inseguras, que se apresuran a colocarse en
su lugar, junto a las de su compañera. Él la observa de frente, pero ella no
parece inmutarse, y no hay indicio de que quiera siquiera voltear la cabeza para
mirarlo. Resignado, se gira, y enfoca al final de la sala, alistando lo jamás
ensayado, como si lo hubiese deseado siempre.
Por algún lado, sin esperarlo, de
repente, música comienza a sonar. Una guitarra que invita a cerrar los ojos,
con lento arranque y latente pasión. Ocho tiempos que preceden a la primera
línea, palabras que expresan tristeza, rayando en desesperación, totalmente sincera
por uno, probablemente exagerada por otra. Mientras avanza la pieza, las miradas
jamás se cruzan y las voces jamás dejan de entrelazarse, formando una única
unión, que no es y que nunca será, porque aunque están al unísono, no suena
igual.
Frías sensaciones que recorren
cada centímetro del teatro. Cuatro minutos que él desearía no terminaran nunca.
Un escenario cuyas luces comienzan a desfallecer, anunciando el pronto final
del acto. Su voz, que evoca recuerdos de luna y sonrisas, de una ausencia
siempre presente, de una vida que pasa sin que nadie se dé cuenta. Su voz, que
tanto le ha ilusionado, a él, lo infla y derriba al mismo tiempo, al creerse
tan cerca que ignora la verdad. Pues cuando la unión se vuelva más fuerte, el
acto termina y los vítores y aplausos no se dejan contener.
Para él, no hay público. La sala
está vacía, excepto por él y por ella, quien sigue sin voltear. Es tal engaño,
que no ve cuando una silueta sube decididamente por las escaleras centrales,
con la mirada fija, con flores en forma de abrazo, y un calor que enfría su
entusiasmo. Poco a poco, se va desvaneciendo del escenario, estirando la mano
como último recurso para tomar la suya, que no la evita, sino que la dirige
hacia la silueta, aceptando y regresando el abrazo y el calor.
Él ya no es más. Ya no pertenece
al teatro. Ya no pertenece a sí mismo, pues se entregó sin saberlo y sin ser
aceptado. No siente el dolor por no sentir nada, entumido por lo frío del ahora
vacío escenario. Las luces se apagaron, excepto por una, que alumbra el punto
exacto donde él debería estar. Las luces se apagaron.
Y después… el silencio.