18 de febrero de 2013

Indiana Jones Se Ha Quedado Sin Una Mano | Sobre la mítica caja de “Objetos Perdidos”


Tras algunos cuantos años andando por el mundo, andando y tropezando, se llega a puntos en los que las remembranzas son inevitables. Sobre todo al terminar ciertas etapas de ésta aventura, resulta casi obligatorio recordar sucesos. Ya sean alegres o tristes, logros o derrotas, las imágenes fluyen cuales ríos hasta nuestra mente, inundando nuestros canales emotivos, a veces hasta el punto de las lágrimas, sea por buenas o malas aguas.

Independientemente de lo que puedan causar estos recuerdos, hay casos particularmente especiales, en los que lo emotivo no viene del contenido del recuerdo, sino de la ausencia de él. Un día, sin más, te quedas pensando en algún momento específico de tu vida, cuando de repente te das cuenta preocupado de que no hay nada en qué pensar, porque sencillamente no te acuerdas de absolutamente nada.

¿Por qué preocupado? Porque normalmente se da por hecho que los recuerdos ahí están, esperando en su cajón a ser buscados, sacados y hojeados siempre que al administrador se le antoje. Y en esos momentos en los que los cajones parecen estar vacíos, crean tal conmoción que no sale más que con una sola pregunta: “¿Por qué no me acuerdo de eso?”

Tan sencillo como es olvidar tu desayuno de tres días antes, donde dejaste tus llaves, o donde amaneciste después una noche de fiesta. Pero, en fin, eso qué importa. Al menos, las primeras dos. Tal vez, aquellos recuerdos de infancia no tienen tanto valor. Pero, entonces, ¿por qué nos esmeramos tanto en tenerlos presentes?

¿Qué importa de qué te disfrazaste en el festival del jardín de niños? ¿Qué importa junto con quién te sentaste el primer día de primaria? ¿Qué importa si no te acuerdas de los juegos con tus amigos en los recreos?

De alguna manera, siempre es lindo recordar todo eso. Te lleva a tiempos pasados, donde las preocupaciones y alegrías eran enteramente diferentes, donde puedes reírte de las tonterías que hiciste o volver a sufrir con los regaños por tanta travesura.

Pero si los recuerdos no vienen… ¿Qué hacer?

5 de febrero de 2013

Tulipanes por Docena | Sobre aquellas conclusiones tiernamente obtenidas


Uno nunca sabe lo que de repente puede pasar por su cabeza. O porqué pasa eso, en específico. O cuándo pasará. O por cuánto tiempo. Pero  siempre es curiosa la conclusión a la que se llega. ¿Por qué? Porque es una síntesis de tu actual situación. Una forma de entenderte en ese momento, de saber cómo te sientes, lo que eres en ese preciso instante. Y mi última conclusión fue…

¿Saben? Cambia mucho la manera en que ves al mundo cuando te ves solo por un rato. Y no es soledad como tal, simplemente carencia de compañía en ese justo tiempo y espacio. Uno puede entrar a una tienda y mirar cuanto objeto te llame la atención, quedarte cuanto tiempo quieras mirando un estante, observando los detalles de cuanta cosa brillante pase frente a tus ojos mientras… Espera… ¿…brillante? ¿De verdad? ¿Y desde cuándo haces eso? Eso es nuevo… En verdad quedas sorprendido de tal actitud. Normalmente no sueles quedarte viendo ese tipo de objetos. Y menos cuando…

“¡Oye! ¿Ya viste éste? ¿Apoco no te…?” Oh… Cierto, no está…

Estás dispuesto a leer un poco, en aquel lugar que frecuentas. Vas por el mismo camino de siempre, desde la entrada hasta el punto en que siempre te sientas. Así que, ahí estás, sentado, procurándote un poco de sombra y un poco de sol al mismo tiempo, con tu botella con agua a un lado y tu libro en la mano, gustoso de pasar un pequeño rato leyendo. Ni siquiera te das cuenta del tiempo que pasó, por estar tan inmerso en tan maravillosa historia, pero lamentablemente debes irte.

Así que tomas tus cosas, las guardas, te volteas y preguntas: “¿Ya estás lis-…?” Suspiras, y recuerdas. No está…

Vas caminando por la calle, en camino a tomar el autobús de regreso a casa. Tus audífonos puestos, a un volumen exacto para no quedar sordo tanto por la música como a todo estímulo exterior y evitar morir atropellado al cruzar la avenida. Es en esos momentos en los que tu mano lucha contra el aire, en búsqueda de algo (alguien) que ya sabes y comprobaste que en ese instante no está ahí. Así que sigues caminando. Te detienes, volteas y cruzas. Llegas a la parada, sacas el monto exacto del pasaje para no tener que esperar el cambio, giras la cabeza y… nada. Sigue sin aparecer.

Y así es cómo… ¡Ah! La conclusión.

La conclusión es que más que la rutina, se echa de menos la presencia. Porque lo que no se escribió arriba, es que hubo más de tres tropiezos por no ver o calcular mal los escalones. Casi regresas a casa con la marca de un poste en la cara por no verlo, aunque estaba justo frente a ti. Estuviste a punto de hablarle a alguien desconocido, que de todas maneras terminó por verte feo, por pensar que en ese sitio estaba alguien más.

Y lo anterior, por culpa de la distracción. Distracción causada por tener un solo pensamiento en mente. Distracción de la cual no se arrepiente uno, porque le recuerda cuando la echa de menos.