Tras algunos cuantos años andando
por el mundo, andando y tropezando, se llega a puntos en los que las remembranzas
son inevitables. Sobre todo al terminar ciertas etapas de ésta aventura,
resulta casi obligatorio recordar sucesos. Ya sean alegres o tristes, logros o
derrotas, las imágenes fluyen cuales ríos hasta nuestra mente, inundando
nuestros canales emotivos, a veces hasta el punto de las lágrimas, sea por
buenas o malas aguas.
Independientemente de lo que
puedan causar estos recuerdos, hay casos particularmente especiales, en los que
lo emotivo no viene del contenido del recuerdo, sino de la ausencia de él. Un
día, sin más, te quedas pensando en algún momento específico de tu vida, cuando
de repente te das cuenta preocupado de que no hay nada en qué pensar, porque
sencillamente no te acuerdas de absolutamente nada.
¿Por qué preocupado? Porque
normalmente se da por hecho que los recuerdos ahí están, esperando en su cajón
a ser buscados, sacados y hojeados siempre que al administrador se le antoje. Y
en esos momentos en los que los cajones parecen estar vacíos, crean tal
conmoción que no sale más que con una sola pregunta: “¿Por qué no me acuerdo de
eso?”
Tan sencillo como es olvidar tu
desayuno de tres días antes, donde dejaste tus llaves, o donde amaneciste
después una noche de fiesta. Pero, en fin, eso qué importa. Al menos, las
primeras dos. Tal vez, aquellos recuerdos de infancia no tienen tanto valor.
Pero, entonces, ¿por qué nos esmeramos tanto en tenerlos presentes?
¿Qué importa de qué te
disfrazaste en el festival del jardín de niños? ¿Qué importa junto con quién te
sentaste el primer día de primaria? ¿Qué importa si no te acuerdas de los
juegos con tus amigos en los recreos?
De alguna manera, siempre es
lindo recordar todo eso. Te lleva a tiempos pasados, donde las preocupaciones y
alegrías eran enteramente diferentes, donde puedes reírte de las tonterías que
hiciste o volver a sufrir con los regaños por tanta travesura.
Pero si los recuerdos no vienen…
¿Qué hacer?