Desde que la conoció, siempre quiso preguntarle si allá anochecía más tarde. Nunca supo de donde vino la duda, pero le causaba bastante curiosidad. Cada vez que el pensamiento le pasaba por la cabeza, se sacudía un poco. Por la emoción. Por los nervios. Por la incapacidad de poder preguntarle.
Desde que la conoció, siempre quiso preguntarle si allá anochecía más tarde. Le gustaba pensar que, en algún momento, si ella lo necesitara, él podría correr rápido, muy rápido, y llegar a ella antes de que anocheciera allí, llegar y abrazarla antes de que la oscuridad lo hiciera. O, en todo caso, avisarle, para que no le llegara de sorpresa. Llegar y brillar un poco, ayudarla un poco, abrazarla mucho.
Desde que se animó a preguntarle, todo el tiempo estuvo buscando la forma de hacerlo. Quería, de alguna manera, comunicarle su deseo de ayudarle. Sentía que podía hacerlo. Se convencía cada vez más que era posible ganarle la carrera a la luna. Sentía que él podría ser, aunque fuera por un rato, una luz más brillante que ella, que él sí podría brillar por si mismo e iluminar el camino a seguir. Sus intermitentes ausencias no hacían más que aumentar su agonía, sus ganas.
Desde que le preguntó si allá anochecía más tarde, ya no se sacude de nervios. La respuesta fue negativa, la desilusión enorme. No podría ganarle, no podría alcanzarla. Sin importar cuanto lo intentara, no lo lograría. ¿Qué pasaría si ella lo necesitara? ¿Qué sería de él, de sus ganas, de su emoción?
Desde que supo la respuesta negativa, los suspiros cambiaron de sentido. Todo comenzaba a pintarse más oscuro, como si la noche supiera de su victoria sobre sus deseos, como si se burlara de él. Él no podía dejar de mirar arriba, cuando la luna salía antes de tiempo. Aquello era trampa, se decía. No podía competir contra eso. Jamás podría alcanzarla a tiempo, jamás podría abrazarla.
Desde que la conoció, siempre quiso preguntarle si allá anochecía más tarde. Pensar que podría correr y alcanzarla antes que la noche le llenaba de valor. Ahora, ya no importa. Él sigue mirando hacia arriba, cuando la luna sale antes de tiempo. Reconoce su derrota, sin dejarse desanimar. No puede alcanzarla, piensa. No hay opción. No puede alcanzarla, está bien. Tendrá, entonces, que abrazarla antes, tomarla de las manos y no dejarla ir.
No puede ganarle a la luna, no. Es inútil intentar. Puede quedarse con ella, viendo la tarde caer. Viendo llegar a la luna. Viendo como todo da paso a un nuevo amanecer.