24 de julio de 2014

Carta 2ª: Blanco y Negro

"Jamás recibí respuesta tuya. Lamentable, cierto. Y no entiendo porqué me empeño en escribirte cartas de nuevo, si sé que pasará lo mismo. Supongo que la esperanza muere al último. Pero, ¿qué morirá antes? ¿Cuándo podré saber que es lo último, o mejor dicho, lo primero? Muertes que seguramente abandonaran su metafórica existencia para lastimar en serio, para rasgar y morder cada centímetro que queda. 

"Ya no temo pedirte que te vayas. Ya no temo a tu ausencia. Ahora temo que te quedes, que me sigas, que claves tu recuerdo a un espacio en el librero. Ya tengo suficiente con recordar todo lo que ha ocurrido contigo, como para recordarte a ti. Prefiero tener memorias sin rostro, memorias a blanco y negro y música en vivo, que parezcan tan reales y tan antiguas, y que siempre me hagan estar consciente que eso son, memorias. Y nada más.

"A pesar de lo que puedo pedir y desear... sé que tu rostro jamás se irá. Podrán desaparecer todas las demás caras, los demás gestos y rasgos, pero los tuyos jamás. Y menos ahora que puedo evocarlo con tanta facilidad. Sí, regresó. Sin ti, sólo él. Lo demás sigue tan difuso como antes, casi metamórfico. 

"¡Dime qué buscas! ¿Qué es lo que intentas hacer conmigo? ¿Cómo es que sin intentar nada, sin siquiera esforzarte, entras y sales a tu antojo, con una llave falsa de aquella puerta inexistente que me aseguré de derrumbar? 

"La luz ya no me importa, me he acostumbrado a la oscuridad de mis ya no tan recientes días. Y los colores se han transformado, son diferentes, ya no les reconozco. Pronto todo será blanco. O negro. O ninguno. O ambos. O cualquiera de los dos. Da igual. Me quedaré aquí, esperando, de nuevo, una respuesta. 

"¿Qué es lo único que me queda por desear? Sólo pienso en una cosa.... morir antes que mi esperanza. Y así la fatídica frase se cumplirá una vez más. Oh, sí, eso deseo. ¡Qué gran final! ¡Oh, qué gran público! ¡Oh, la ironía!"

20 de julio de 2014

"Cuando al punto final de los finales..."

Cerrar los ojos y observar siempre la misma escena. Sin cambios. Sin alterar. Por siempre congelado en el frío invierno de la mente y del cuerpo y su cobarde traición. Y es tanto el frío que el sueño no llega, y el hambre no existe. Sin excusas, la única escapatoria son callejones a medio iluminar, donde la única y pequeña luz parpadea queriéndose apagar, sufriendo mientras se burla de la imposibilidad de que el sol salga de nuevo, sabiéndose la última luz del mundo, antes que todo caiga en completa oscuridad.

Las pesadillas recurrentes regresan. Y sin luz, se atreven a cabalgar durante el día, con espadas desenvainadas, dispuestas a cortar cabezas sin detener la marcha. No hay descanso para los condenados, pues su destino y castigo es perder la cabeza diariamente y tratar desesperadamente de encontrar consuelo en donde jamás lo habrá si jamás regresa la luz. Y el castigo será peor que nunca, pues la lección no fue bien aprendida, y tendrá que encadenarse el mundo a la espalda y observar cómo la vida sigue su curso, aquella vida que ya no le corresponde, pues ya no es parte de ese mundo.

Un dulce aroma que no abandona la nariz. Una brisa suave al tacto, imposible de ignorar. Ríos hechos mares, contaminados sin motivo ni razón. Y una silueta que jamás podrá olvidarse. Mientras se avanza al patíbulo, sólo se puede rogar porque la muerte sea pronta y el corte limpio.

Sé que la hoja no está afilada, pero el hilo ya está cortado. Y a cada paso que doy, lo inminente se vuelve cada vez más evidente. Y ni siquiera queda alma por apiadarse, pues la he vendido por un poco de esperanza, que se consume poco a poco por la sed.

Sólo queda esperar que los extremos no se alejen. Y si ocurriese, que el nudo sea suficientemente fuerte.