Te soñé. Anoche te soñé. Y fue tan lindo que me esforcé por no olvidarlo, como suelo hacer. Estabas de frente y de perfil, mirando a todos lados excepto hacia mí. Pasabas los ojos por la sala, sentada, frente a mí. Tan al alcance que lo creía imposible. Lo más cerca que te había tenido en tanto tiempo. Tan cerca que no parecía sueño. Tan cerca que era obvio que era un sueño, porque ya no estamos así.
Te canté. Anoche te canté. Cómo nunca lo había hecho, como nunca lo hice. No sé de dónde vino la tonada, pero llegó. Desde dentro y hacia ti. Sólo para ti, pues nadie más escuchaba. Tanta gente que había y nadie más escuchaba. Parecía que tampoco tú. Parecía que eras inmune a mi voz. Parecía que no me escuchabas, porque continuabas sin voltear. Mi posición era invisible. Yo era invisible. Nadie me escuchaba pero me ubicaban, me hablaban, preguntaban. Y yo queriendo ser tuyo, ser contigo, revivir. Y yo queriendo estar contigo, ser contigo, existir.
Te extrañé. Anoche te extrañé. Como lo he hecho siempre. Desde las horas hasta los meses, desde que no existía hasta que te vi. Desde que no sabía que el blanco y negro me haría tan feliz. Todo el tiempo, toda la vida. Como siempre. Como nunca. Te extrañé tanto que me sentí ir, que sentí que las ideas arañaban y estrujaban, asfixiaban. Y de lejos te veía, a través de mi ventana, deseando la lluvia mojara las ganas y acortara la distancia, me acercara a ti, me dejara cantarte al oído y susurrarte un par de palabras que no te he dicho en tantos siglos, pues te extraño y te extrañé, me haces falta. Y necesito que lo sepas, aunque tal vez no lo quisieras oír.
Te vi. Anoche te vi. Logré hablarte y sonreír. Logré acercarme y no extrañarte tanto. Acercarme y decirte que te extraño, que lo siento. Tocarte y estremecer. De gusto. De tristeza. De nostalgia. De ti. Te respiré de nuevo, me sentí nuevo por un segundo. Luego dos. Luego más. Luego todos, hasta tener que soltarte otra vez, y comencé a extrañarte como antes, cómo ahora. Como siempre. Me acerqué y te vi. Y no quería dejar de verte. No quería que la imagen se fuera. No quería que se fuera. No quería que tú te fueras y después pensar que no fue verdad, que seguía soñando, que tan solo me estaba acordando de soñarte y cantarte.
Quiero soñarte. Todos los días soñarte. De día, de frente. Verte y acercarme, cantarte y acercarme, susurrarte tantas cosas, tan fuerte como pueda, tan cerca como pueda, tan siempre como pueda. Tan ser, tan contigo, tan de ti. Y jamás dejar de verte, y jamás dejar de soñarte, y jamás dejar de ser. Tan repetitivo cómo estas líneas, tan cierto como estas líneas, tan hermoso como tú.
Siempre tú. Siempre tuyo. Siempre de ti.