20 de enero de 2013

Cuando un Kilómetro de Sentimientos se Convierte en un Kilómetro de Vidrios Rotos | Sobre algunos pensamientos inesperadamente decepcionantes


A pesar de todo, ahí seguimos. Y jamás sabemos por qué. Es algo más allá del masoquismo. Una eterna espera, desesperadamente ilusionada, siempre ansiosa, siempre perdida. No importa cuántas cicatrices tengamos, jamás quedará tan poco espacio como para no hacernos una herida más. A fin de cuentas, cuando todo termine, habrá valido la pena, ¿no es cierto?

Lamentablemente, en muchas de esas ocasiones, nos creemos esa historia. Nuestro propio invento, y nos lo creemos por completo. “No importa, al final estará bien.” Y lo repetimos, tratando de convencernos de algo que de antemano estamos conscientes jamás será. No hay manera en que volteemos el mundo. Tal vez… 

No, no tal vez. Seguramente en algún momento debimos detenernos, pensar hacia donde estamos caminando, y muy probablemente regresar. O por lo menos, tomar la desviación a la derecha, por un camino más tranquilo. Pero sin riesgos, el resultado no sabe igual.

O… eso dicen.

Total, tomarse las cosas tan en serio nunca lleva a nada bueno. Un error de vez en cuando no está mal.  “Déjate llevar un poco, no pienses tanto”, me han dicho muchas veces. Pero jamás resulta sencillo. No cuando se sabe kilómetros antes que al final del camino está aquel precipicio que nunca has logrado saltar para llegar al otro lado. Ese precipicio metamórfico, siempre expectante a los pensamientos, listo para transformarse en lo que sea que temas: un objeto, un obstáculo, una persona, o simplemente, nada más que palabras. Aquellas respuestas que no quieres oír, que pueden no sólo detenerte, sino empujarte hacia aquel precipicio, del cual resulta cada vez más difícil salir.

Y de todas maneras, ahí seguimos. Con paso titubeante, un tic en el ojo y la esperanza goteando desde que se salió de casa. Jamás se puede estar totalmente listo. El discurso preparado, repetido cada tres minutos, por temor a que se te olvide. Además, se perdió la cuenta de cuántas veces se ha tropezado con cuanta piedra se encontró, y más de una por intentar patearla. En fin, toda una aventura, y aún no se ha girado en la primera esquina.

A la mitad del camino, es inevitable detenerse. Pensar si de verdad se tomará el riesgo, aunque ya se sabe toda posible consecuencia. Dudar, dar un paso y dudar de nuevo. Y se comienza a andar de nuevo. ¿De verdad?

Bah, qué importa.

Tal vez ésta vez sí se logre saltar lo suficiente…

7 de enero de 2013

Historias Reales de un Alter Ego Imprevisiblemente Aparecido | Sobre cuando las suposiciones tiemblan entre verdad y mentira


Uno puede estar tranquilo, en cualquier lugar, sin hacer mucho. De repente, sin más, casi sin querer, se escucha un pequeño ruido, muy lejano. Sin hacerle mucho caso, continúas con tus asuntos. Pero ese ruido persiste, cada vez más cerca, cada vez más fuerte. No puedes evitar preguntarte qué será, porque además suena extremadamente conocido. Y sigue acercándose. Cada vez más nítido, el ruido se transforma poco a poco en una voz. Una confusamente conocida voz. Buscas y buscas a tu alrededor, casi asustado, hasta que te das cuenta que… viene de dentro.

Piénsenlo un poco. ¿Qué tan lógico es tener una conversación con uno mismo? ¿Qué podrías decirte que no sepas? A fin de cuentas, lo que puedas preguntarte, ya lo sabes. Y toda posible respuesta que puedas dar, también. ¿Cuál es el punto?

Increíblemente, resulta demasiado tranquilizador hablar con uno mismo, siempre que se realicen conversaciones privadas y con cierta moderación. No falta quien haga creer que su voz interior es muda y tache de loco a todo aquel que ande platicando amenamente consigo mismo. O, también, puede ser que en algún momento alguien termine con más de 10 personas dentro de su cabeza, todas intentando hablar al mismo tiempo. Eso sí, a esa persona no le importará qué digan de ella, pues estará muy ocupado escuchándose.

Algo de lo más común, es charlar con un par de personajes, representantes íntegros del bien y el mal, siempre tratando egoístamente de salirse con la suya. De arriba y abajo, siempre intentando convencerte de hacer tal o cual. Sea cuál sea la representación que se le dé, ese es básicamente el punto.

Y lo mejor y más curioso de todo, son aquellas personas que se fabrican conscientemente una voz interior. Sólo que la externan hacia el resto del mundo, a veces reprimiendo su verdad y sumiéndose en un negro mar de rarezas y palabras falsas. Una personalidad alterna, que poco a poco comienza a succionar todo pequeño pedazo de cordura, y a veces, hasta termina de cortar los hilos de confianza atados a otras personas, por hacerse pasar por quien no son.

Siempre y cuando no sea del último tipo, puede resultar hasta divertido. Siempre se puede contar con uno mismo, para apoyarse, darse ánimos y lamentarse por un error. Pero jamás hay que dejar que esa voz interior consuma el exterior, o se terminará siendo nada más que un ente, un extraño bastante bien conocido.