1 de julio de 2019

Eternidades. Vidas. Universos.

Mi mente viaja a momentos agigantados, a velocidades distantes, a una persona en particular. Nostalgia pura, directo de la fuente. Directo de ti. Directo de las ganas de ser y repetir. Directo del miedo a esfumarse permanentemente. Directo del riesgo al nunca más. Directo de la esperanza de mirarte cada día y sonreír.

Ansias es la palabra. El tiempo sobra, la paciencia aguanta. Pero el deseo vive, crece y consume. No es cuestión de inmediatez, ni de prisa. Es cuestión de que a pesar de poder esperar, no quiero. Disculpa. Ya ha sido suficiente tiempo, ¿no lo crees? ¿Tanto tiempo llevamos ya? Hasta sorprende. Si en algún momento los días fueron inmensos y eternos, las semanas deberían ser múltiples vidas. ¿Y los meses? ¿Hace cuántos universos que no te veo?

¿Recuerdas? Lo hemos hecho estos últimos días. Recordar y sonreír, generalmente. Recordar y lamentar, en ocasiones. Recordar y decidir que se puede mirar hacia arriba, mirar hacia enfrente, mirar a un lado y saber que estamos ahí. Que la esencia no se ha ido. Que todo sigue siendo, a pesar de la pausa, a pesar de lo pendiente por sanar. Lo blanco dentro del negro, lo negro dentro del blanco. El blanco y negro del inicio de la historia, cuando no sabíamos nada sobre el todo que sería.

"Imagínate que no imagino yo de ti". Te conté sobre un sueño particular, pero definitivamente no ha sido el único. No ha sido la única canción. Pero si te contara cada vez que sucede, cada vez que llegas, cada vez que te acercas, cada vez que despierto y te vas, no podría hablarte de otra cosa.

Apenas se acerca el momento de partir y ya te echo de menos. Se nota en la despedida, en la mano nerviosa que no deja de golpetear, en la mirada que voltea hacia ningún lado buscando una excusa para no abrir la puerta y dejarse mojar por la no tan ligera lluvia que seguro está cayendo. Contigo, mojarse no sería tan malo. No estaría tan mal. Aunque a ninguno de los dos nos gusta. Tomados de la mano, corriendo, sin cubrirse, tal vez, tal vez, no estaría tan mal. Tal vez no corramos. Tal vez. Quizá solo giraría y te miraría a los ojos, húmedos de lluvia, húmedos de ganas de no mojarse más y estar a salvo. No de la lluvia. Contigo ya lo estoy.

No podría entregarte menos. Todo era tuyo ya. Lo sigue siendo. Cada vez que preguntas, que confirmas si lo eres, si lo que pienso eres tú, la respuesta la sabes. Y te lo diría mil veces, lo repetiría mil veces más. Cuantas veces necesites. No importa que pasen universos, siempre que sean contigo. Recuéstate conmigo y miremos como pasan. Pensemos cómo los que ya pasaron no han sido sino preparación a los que vienen. Y todos nuestros.

Antes de que termines, antes de dormir y esperar un poco más, detente. Cierra los ojos. Respira como te respiro. Tan solo un poco. Detente un momento. Lee los inicios. Léelos de nuevo. ¿Ya viste? Estás en todos lados. Justo como debería ser. Como siempre debería ser.

26 de mayo de 2019

Te Soñé

Te soñé. Anoche te soñé. Y fue tan lindo que me esforcé por no olvidarlo, como suelo hacer. Estabas de frente y de perfil, mirando a todos lados excepto hacia mí. Pasabas los ojos por la sala, sentada, frente a mí. Tan al alcance que lo creía imposible. Lo más cerca que te había tenido en tanto tiempo. Tan cerca que no parecía sueño. Tan cerca que era obvio que era un sueño, porque ya no estamos así.

Te canté. Anoche te canté. Cómo nunca lo había hecho, como nunca lo hice. No sé de dónde vino la tonada, pero llegó. Desde dentro y hacia ti. Sólo para ti, pues nadie más escuchaba. Tanta gente que había y nadie más escuchaba. Parecía que tampoco tú. Parecía que eras inmune a mi voz. Parecía que no me escuchabas, porque continuabas sin voltear. Mi posición era invisible. Yo era invisible. Nadie me escuchaba pero me ubicaban, me hablaban, preguntaban. Y yo queriendo ser tuyo, ser contigo, revivir. Y yo queriendo estar contigo, ser contigo, existir.

Te extrañé. Anoche te extrañé. Como lo he hecho siempre. Desde las horas hasta los meses, desde que no existía hasta que te vi. Desde que no sabía que el blanco y negro me haría tan feliz. Todo el tiempo, toda la vida. Como siempre. Como nunca. Te extrañé tanto que me sentí ir, que sentí que las ideas arañaban y estrujaban, asfixiaban. Y de lejos te veía, a través de mi ventana, deseando la lluvia mojara las ganas y acortara la distancia, me acercara a ti, me dejara cantarte al oído y susurrarte un par de palabras que no te he dicho en tantos siglos, pues te extraño y te extrañé, me haces falta. Y necesito que lo sepas, aunque tal vez no lo quisieras oír.

Te vi. Anoche te vi. Logré hablarte y sonreír. Logré acercarme y no extrañarte tanto. Acercarme y decirte que te extraño, que lo siento. Tocarte y estremecer. De gusto. De tristeza. De nostalgia. De ti. Te respiré de nuevo, me sentí nuevo por un segundo. Luego dos. Luego más. Luego todos, hasta tener que soltarte otra vez, y comencé a extrañarte como antes, cómo ahora. Como siempre. Me acerqué y te vi. Y no quería dejar de verte. No quería que la imagen se fuera. No quería que se fuera. No quería que tú te fueras y después pensar que no fue verdad, que seguía soñando, que tan solo me estaba acordando de soñarte y cantarte.

Quiero soñarte. Todos los días soñarte. De día, de frente. Verte y acercarme, cantarte y acercarme, susurrarte tantas cosas, tan fuerte como pueda, tan cerca como pueda, tan siempre como pueda. Tan ser, tan contigo, tan de ti. Y jamás dejar de verte, y jamás dejar de soñarte, y jamás dejar de ser. Tan repetitivo cómo estas líneas, tan cierto como estas líneas, tan hermoso como tú.

Siempre tú. Siempre tuyo. Siempre de ti.

16 de abril de 2019

Piedritas de Colores

Protección

Creo sinceramente que te debo una disculpa. No, no por lo que pasó como tal, sino por haber mostrado una seguridad que no existía. Quiero pensar que aún tenía esperanzas, que aún esperaba que solo fuera un mal rato.

Pero, evidentemente, no fue así.

Me he preguntado en ocasiones si fue lo correcto. Generalmente, casi siempre, la respuesta es que sí. Es únicamente en momentos pequeños en que lo niego, cuando la calle se queda vacía y la sala silenciosa, cuando el espacio sobra y las tardes se tornan un poco más frías. Y ahora ya no tengo al inverno para echarle la culpa. Ante los demás, jamás lo voy a aceptar, pero si tú preguntas, te lo digo.

Perdón por tardar tanto. Necesitaba las palabras precisas para despedirme. A pesar de todo, de lo pendiente y de lo terminado, era justo. Te lo debía. Me lo debía a mí también. La puerta está un poco pesada. La decisión, aún con ello, fue, para bien, tomada.

Confianza

Cada día encuentro algo nuevo. No he terminado de desalojar el cuarto. Y estoy seguro que si me esfuerzo encontraré más cosas y habrá que abrir tantito para dejarlo salir.

Me resulta increíble que algo que desbordó ríos y mentes ahora se esconda en cuevas. La luz no siempre llega a los rincones. Hay monstruos por ahí. Tal vez seas tú. Espero no seas tú.

La bruma se ha ido disipando de a poco. Mucho más rápido de lo que pensé, eso sí. Me sentí culpable una vez, una noche. Sentí que debía algo, como requisito, un simbólico pago por la recuperación. Pues bien, el costo fue cubierto, y en realidad creo que se pagó de más. No había tomado en cuenta que el recibo ya estaba vencido, y que no tenía caso preocuparse. A final de cuentas, no iba a haber reconexión.

Comienzo a pensar que las letras no serán suficientes. Por cierto, tenías razón. Definitivamente no eran para ti.

Sabiduría

Parte de crecer es darse cuenta de lo que queremos en la vida. Lo que queremos que se quede. Lo que queremos que se vaya. De alguna manera, fuiste ambas cosas. No sabes las ganas que tenía de voltear, de volver mis pasos, de repetir el último momento y volver a filmar el final. Quise ser más fuerte de lo que era y mejor apresuré la marcha, me despedí de cada árbol y fachada, del agujero a medio camino y del cuadro a medio construir.

Crecí, me lo han dicho. Me convencí de que es verdad. No he bajado la cabeza, no se ha entrecortado la voz. No ha nevado ni llovido. Y la única vez que me hubiese podido fallar el ritmo, todo conspiró para que se me olvidara el compás por completo, saltándome los silencios y retomando la canción.

La decisión se logró por crecer, y crecí gracias a ti. Remedio ante el veneno, veneno para sí mismo. Profético el asunto. Lamentable el resultado. Las conclusiones son certeras. El experimento terminó.

2 de abril de 2019

Coincidencias Sabor a Canela y Azúcar

No podría haber sido un mejor día para que se rompiera el cristal. Ni en las más escondidas y rotas esperanzas podría haberse imaginado un mejor final. El hastío, el cansancio, las ganas perdidas por insistir. Las palabras que quedaron, no tan bien grabadas, tan sencillo que sería esfumarlas y verlas esparcirse por el mundo hasta que regresen a quien mintió. 

Tal vez fue la hora. Tal vez fue el juego. Tal vez fue un terrible malentendido. Tal vez fue la misma facilidad con que huyó la primera vez, que recordó cómo hacerlo y quiso repetir la hazaña. Y definitivamente lo logró. Cada ocasión con menos esfuerzo. Sin importancia, evidentemente. Tan sólo cayó, tan solo se rompió. Sin ruido, sin dolor. ¿En qué momento se perdió la sensibilidad? ¿En qué momento se tomó la decisión por dejar de andar? Aparentemente, hace años. 

Las letras iniciales confundieron más de lo que se esperaba. Las respuestas no crearon sino ansiedad. Terrible. Congeladora. ¿A quién se culpa sino a uno mismo? Con riesgo de caer en generalizaciones, por supuesto. Más palabras, menos palabras. Mismo mensaje. Más palabras, menos mensaje. Misma conclusión. 

Treinta puede cambiar todo. Súmale todo lo anterior, y resulta irreconocible. Los llamados, las esperas. Las sillas y el café. Canela y azúcar, enrolladas y servidas calientes. Bailes irrepetibles. La eterna búsqueda, el toque que jamás se alcanzó a dar. Los cuestionamientos de madrugada, las respuestas completadas. ¿A dónde fue todo eso? 

Dos aperturas para iniciar el reconocimiento. Dos horas de conversación. Dos períodos para darse cuenta que todo fue inútil. Dos palabras que acabaron más cosas que el punto final inexistente de los últimos dos pensamientos que existieron. Dos veces darse cuenta que, probablemente, jamás se tomó en serio. Dos veces dos, y otro más, la última marca. 

Las coincidencias jamás se acabaron. Jamás se pudo huir de ellas.
Nada más cambiaron de número.

18 de marzo de 2019

Carta 4ª: Blanco y Rosa

"No sabría decir si hay algo pendiente por contar. La distancia ha hecho su parte, supongo. No me había puesto a pensar en ti, realmente. Llegas de repente, sin aviso, y te vas de igual manera. No te quedas lo suficiente como para preguntar. Y aún así, aceptar lo que acepté no fue complicado. Eso siempre estuvo presente. Guardado, sin duda, pero jamás se fue.

"No como tú.

"Te fuiste sin despedirte. No tan dentro de mí, espero hayas mirado atrás. Dime, ¿qué tanto significó para ti? ¿Qué tan especial fue? No mucho, creo, por lo fácil que fue marcharte. Mucho, tal vez, por la ausencia de explicación. No lo sé. 

"Sigo contando de tres en tres. A veces. Solo en ocasiones especiales, que son más comunes de lo que podrías creer. ¿Qué te digo? Se hizo costumbre. E irremediablemente regreso a ti cada vez que sucede. En la calma. En la pisada. En el crujir. En la sonrisa que vuela al terminar. Y luego tú. Como si, de alguna manera, tú supieras lo que hice y así regresas y me recuerdas que tú me enseñaste cómo hacerlo. Y desapareces. Tan pronto, tan fugaz. Y no hay imagen tuya en eones. ¿Cómo lo haces?

"No te extraño. No lo confundas, realmente no te extraño. Eres una visita agradable, cuando llegas, pero nada más. Fuiste. Y decidiste no ser más. Decidiste seguir sin mí, decidiste no cambiar tu rumbo. Y espero sinceramente te encuentres bien. Espero en algún momento sonrías también, al pisar, y recuerdes la calma que me enseñaste.

"No ha llovido tanto como hubiese esperado. La lluvia se fue contigo, hace mucho tiempo ya. El cielo se calmó. Los colores volvieron a ser ellos mismos. Recuerda: más que un color nuevo, por ti, blanco y rosa fueron magia".

4 de enero de 2019

Un Café Pendiente

Es el frío el que me obliga a pensar más rápido. Es la prisa de llegar, de alejarme, de volver. Son las setecientas y más sensaciones que se mueren por quedarse. Es el baile que jamás se repitió.

Solía vestirse de rojo la tarde, siempre a tiempo, aunque la tuviese que esperar. Solía sentarse de frente y mirarme, como si quisiera alcanzarme y nada más. Solían ser los minutos más cortos, corriendo y escapándose de las manos, escondiéndose de ellos mismos, pero rehusándose a abandonar.

Tantas veces repitiéndose la escena, tantas veces con el mismo final. El miedo siempre venció a la oportunidad. No hubo sino una ocasión definitiva, la única en que el tiempo se detuvo, en que la distancia fue más corta, las ansias enormes. Tras un suspiro, tal vez no se detuvo lo suficiente.

Elegía al desenlace, es todo lo que queda. No hay marcas, no hay rumbo, no hay redención. La huida fue repentina, sin explicación. Pero, ¿por qué habría de haber una? Siempre se podrá preguntar después. Siempre se podrá inventar otra historia, un personaje más valiente, incluso un nuevo comenzar.

Fantasmas callejeros acompañan el andar, compartiendo la tristeza, pero sin disminuir el pesar. Todo duele, todo aprieta, todo añora regresar y cambiar y alejarse y atreverse y volver a cometer el mismo error, solo para poder mirarla de nuevo y tomarla y acercarse un poco más. Y después, hacer lo mismo y cada vez estar más cerca y más cerca hasta lograr volverse uno y pensar que hasta los errores llevaron a esto. A él. A ella. A ambos.

Ambos. Ninguno. Ambos. Uno. Ninguno. Los dos. ¿Cuántos mundos tendrían que cambiar para conseguir el resultado deseado? Si la calle no ha cambiado, si la tarde sigue roja, si el café sigue servido, en algún momento, en algún mundo, todo estará bien. Si se dice lo que está pendiente, tal vez haga que la caída se detenga. 

Lo único pendiente es el café.
Lo único que falta es otra vida.
Lo único que falla es que no estás.