16 de abril de 2019

Piedritas de Colores

Protección

Creo sinceramente que te debo una disculpa. No, no por lo que pasó como tal, sino por haber mostrado una seguridad que no existía. Quiero pensar que aún tenía esperanzas, que aún esperaba que solo fuera un mal rato.

Pero, evidentemente, no fue así.

Me he preguntado en ocasiones si fue lo correcto. Generalmente, casi siempre, la respuesta es que sí. Es únicamente en momentos pequeños en que lo niego, cuando la calle se queda vacía y la sala silenciosa, cuando el espacio sobra y las tardes se tornan un poco más frías. Y ahora ya no tengo al inverno para echarle la culpa. Ante los demás, jamás lo voy a aceptar, pero si tú preguntas, te lo digo.

Perdón por tardar tanto. Necesitaba las palabras precisas para despedirme. A pesar de todo, de lo pendiente y de lo terminado, era justo. Te lo debía. Me lo debía a mí también. La puerta está un poco pesada. La decisión, aún con ello, fue, para bien, tomada.

Confianza

Cada día encuentro algo nuevo. No he terminado de desalojar el cuarto. Y estoy seguro que si me esfuerzo encontraré más cosas y habrá que abrir tantito para dejarlo salir.

Me resulta increíble que algo que desbordó ríos y mentes ahora se esconda en cuevas. La luz no siempre llega a los rincones. Hay monstruos por ahí. Tal vez seas tú. Espero no seas tú.

La bruma se ha ido disipando de a poco. Mucho más rápido de lo que pensé, eso sí. Me sentí culpable una vez, una noche. Sentí que debía algo, como requisito, un simbólico pago por la recuperación. Pues bien, el costo fue cubierto, y en realidad creo que se pagó de más. No había tomado en cuenta que el recibo ya estaba vencido, y que no tenía caso preocuparse. A final de cuentas, no iba a haber reconexión.

Comienzo a pensar que las letras no serán suficientes. Por cierto, tenías razón. Definitivamente no eran para ti.

Sabiduría

Parte de crecer es darse cuenta de lo que queremos en la vida. Lo que queremos que se quede. Lo que queremos que se vaya. De alguna manera, fuiste ambas cosas. No sabes las ganas que tenía de voltear, de volver mis pasos, de repetir el último momento y volver a filmar el final. Quise ser más fuerte de lo que era y mejor apresuré la marcha, me despedí de cada árbol y fachada, del agujero a medio camino y del cuadro a medio construir.

Crecí, me lo han dicho. Me convencí de que es verdad. No he bajado la cabeza, no se ha entrecortado la voz. No ha nevado ni llovido. Y la única vez que me hubiese podido fallar el ritmo, todo conspiró para que se me olvidara el compás por completo, saltándome los silencios y retomando la canción.

La decisión se logró por crecer, y crecí gracias a ti. Remedio ante el veneno, veneno para sí mismo. Profético el asunto. Lamentable el resultado. Las conclusiones son certeras. El experimento terminó.

2 de abril de 2019

Coincidencias Sabor a Canela y Azúcar

No podría haber sido un mejor día para que se rompiera el cristal. Ni en las más escondidas y rotas esperanzas podría haberse imaginado un mejor final. El hastío, el cansancio, las ganas perdidas por insistir. Las palabras que quedaron, no tan bien grabadas, tan sencillo que sería esfumarlas y verlas esparcirse por el mundo hasta que regresen a quien mintió. 

Tal vez fue la hora. Tal vez fue el juego. Tal vez fue un terrible malentendido. Tal vez fue la misma facilidad con que huyó la primera vez, que recordó cómo hacerlo y quiso repetir la hazaña. Y definitivamente lo logró. Cada ocasión con menos esfuerzo. Sin importancia, evidentemente. Tan sólo cayó, tan solo se rompió. Sin ruido, sin dolor. ¿En qué momento se perdió la sensibilidad? ¿En qué momento se tomó la decisión por dejar de andar? Aparentemente, hace años. 

Las letras iniciales confundieron más de lo que se esperaba. Las respuestas no crearon sino ansiedad. Terrible. Congeladora. ¿A quién se culpa sino a uno mismo? Con riesgo de caer en generalizaciones, por supuesto. Más palabras, menos palabras. Mismo mensaje. Más palabras, menos mensaje. Misma conclusión. 

Treinta puede cambiar todo. Súmale todo lo anterior, y resulta irreconocible. Los llamados, las esperas. Las sillas y el café. Canela y azúcar, enrolladas y servidas calientes. Bailes irrepetibles. La eterna búsqueda, el toque que jamás se alcanzó a dar. Los cuestionamientos de madrugada, las respuestas completadas. ¿A dónde fue todo eso? 

Dos aperturas para iniciar el reconocimiento. Dos horas de conversación. Dos períodos para darse cuenta que todo fue inútil. Dos palabras que acabaron más cosas que el punto final inexistente de los últimos dos pensamientos que existieron. Dos veces darse cuenta que, probablemente, jamás se tomó en serio. Dos veces dos, y otro más, la última marca. 

Las coincidencias jamás se acabaron. Jamás se pudo huir de ellas.
Nada más cambiaron de número.