La combinación de sensaciones ha sido extremadamente extenuante. Siempre el fin de año pone un poco de nostalgia al ambiente, y si se le suma nostalgia especial y particular, los días pueden desembocar en pequeñas explosiones de temblores, suspiros y lamentaciones. Observar estático como las cosas siguen moviéndose a pesar de uno, a pesar de los esfuerzos y las promesas, de como las amenazas se vuelven fieras y se vuelven realidad, de como las palabras se desvanecen poco a poco tras la última seca despedida. Darse cuenta que no hay porqué decepcionarse o entristecerse si la culpa no fue propia, que no había nada más por hacer, y decepcionarse y entristecerse aún más por ello. Pensar y decirse y escuchar que las cosas podrán ser mejores, que algo más está por llegar, que después de todo, los daños no fueron tan cuantiosos, aunque tampoco tan colaterales. Buscar desesperado lo que ya no está, gritar por algo que se fue por cuenta propia.
Definitivamente no es una situación en la cual pueda pensar muy claro. Todo sigue demasiado nebuloso y frío, los días son más largos que de costumbre y el silencio vespertino es en extremo deprimente. Las preguntas y evasiones son lo que más abunda ahora, con todo y el hecho de que es justo lo que he buscado evitar. Inocentes o preocupadas, sean como sean, me han servido para darme cuenta que había más luz de la que creía, a pesar de las habitaciones vacías. Habrá que clausurar poco a poco las ventanas y rendijas y dejar sólo un tanto abierta la puerta principal, para no olvidar lo que ha pasado, para jamás volver a entrar.
Ha sido mi semicírculo más tenebroso y maldito. No sé hasta qué punto las responsabilidades puedan ser repartidas, pero no me voy a parar a preguntar. Tomaré lo que es mío y me iré caminando lento, volteando de vez en cuando. Una última parada para limpiar el desastre que dejó, metiéndose por la ventana y esfumándose sin más. Sin duda tendré que replantearme varias cosas, pensar que no creer en la promesa no es por no ser cierta, sino por no querer cumplirla. Caminar y caminar, mirando el seco paisaje, ignorando ligeramente el suelo, hasta el punto en que pueda tararear esa canción sin estremecerme como ahora. Vaya profecía que resultó. Justo a tiempo.
No más escondites. No más frases rebuscadas. No más inventos nocturnos para historias diurnas. No más largas esperas. No más promesas, no más mentiras. No más cielos multicolor. No más vínculos innecesarios.
No, no todo fue bueno. No, no todo fue malo. Fue. Y ya no es más. En algún momento había que entender que después de tantas cosas y después de tanto tiempo, el otoño tenía que acabar.