No hay refugio seguro. Y eventualmente, se dio cuenta que no lo habrá. No tiene sentido seguir huyendo, seguir queriendo escapar de lo inevitable de los sucesos, de las consecuencias. Tantos días que vivió en las sombras, tantas noches con perturbador insomnio, le dejaron más heridas que cualquiera. El contrato que firmó lo tiene en la mesa, con sus notas a medio borrar y su nombre en tinta azul.
Los nuevos deseos se hicieron más fuertes que la costumbre. Desistió de la inútil espera, de las falsas esperanzas y de su triste anochecer. Regresó del abandono, abrió las ventanas y dejó que el sol entrara a su cuarto de nuevo. De vez en cuando piensa, respira profundo, sin dejarse llevar por esa nostalgia ácida que tanto dolor causó. Perdió más que la presencia, perdió a pedazos su propia sanidad, se perdió a si mismo. Se despertó de un mal sueño, tirado en una desconocida nieve, fría como ninguna, llena de preguntas y súplicas vacías.
Sus monstruos siguieron siendo monstruos porque les dio la espalda. Les dio forma y fuerza, se dejó abatir por ellos hasta casi borrarlo por completo. A gritos y llanto les rogó que se marcharan, gritos y llanto tan sinceros como carentes de receptor. La noche cayó y le dejó solo, sin luz ni sentido, desorientado y con náuseas. "¡Abre los ojos!", se dijo. "¡Abre los ojos!", escuchó.
Se encontró con un brillo perdido. Un par de luces deslumbrantes, con un aura que le hizo suspirar. Un ritmo casi olvidado, retomado bajo la promesa de un futuro más cálido. Le devolvió el aire y su sangre logró despertar. No tiene cómo agradecerle, pues el brillo no imagina siquiera lo que causó, no lo sabe y probablemente no lo sabrá jamás. Pero lo recuerda y le sonríe, le dedica un pensamiento y le escribe un "tal vez" en una nube, que guardó en su bolsillo.
Ya no tiene miedo. Ya no lo ve, ya no lo siente. Al menos, ya no tanto. El tiempo no le sanó las heridas. Lo hizo él mismo.