28 de septiembre de 2014

Lecciones

No hay refugio seguro. Y eventualmente, se dio cuenta que no lo habrá. No tiene sentido seguir huyendo, seguir queriendo escapar de lo inevitable de los sucesos, de las consecuencias. Tantos días que vivió en las sombras, tantas noches con perturbador insomnio, le dejaron más heridas que cualquiera. El contrato que firmó lo tiene en la mesa, con sus notas a medio borrar y su nombre en tinta azul. 

Los nuevos deseos se hicieron más fuertes que la costumbre. Desistió de la inútil espera, de las falsas esperanzas y de su triste anochecer. Regresó del abandono, abrió las ventanas y dejó que el sol entrara a su cuarto de nuevo. De vez en cuando piensa, respira profundo, sin dejarse llevar por esa nostalgia ácida que tanto dolor causó. Perdió más que la presencia, perdió a pedazos su propia sanidad, se perdió a si mismo. Se despertó de un mal sueño, tirado en una desconocida nieve, fría como ninguna, llena de preguntas y súplicas vacías.

Sus monstruos siguieron siendo monstruos porque les dio la espalda. Les dio forma y fuerza, se dejó abatir por ellos hasta casi borrarlo por completo. A gritos y llanto les rogó que se marcharan, gritos y llanto tan sinceros como carentes de receptor. La noche cayó y le dejó solo, sin luz ni sentido, desorientado y con náuseas. "¡Abre los ojos!", se dijo. "¡Abre los ojos!", escuchó.

Se encontró con un brillo perdido. Un par de luces deslumbrantes, con un aura que le hizo suspirar. Un ritmo casi olvidado, retomado bajo la promesa de un futuro más cálido. Le devolvió el aire y su sangre logró despertar. No tiene cómo agradecerle, pues el brillo no imagina siquiera lo que causó, no lo sabe y probablemente no lo sabrá jamás. Pero lo recuerda y le sonríe, le dedica un pensamiento y le escribe un "tal vez" en una nube, que guardó en su bolsillo.

Ya no tiene miedo. Ya no lo ve, ya no lo siente. Al menos, ya no tanto. El tiempo no le sanó las heridas. Lo hizo él mismo.

7 de septiembre de 2014

Versión Acústica

Eventualmente, todo sobrepasa la necesidad aparente. Es mucho más que eso. Inexplicablemente, permitir que te respire me mata más que negármelo y asfixiarme en soledad. Todo avanza mientras suena una melodía de cuerdas en tono de suspenso, como en las películas, cuando sabes que una desgracia está por suceder. Una caída aún mayor, aún más rápida, aún más perversa que todas aquellas que haya visto o presenciado ya. El punto culminante, decisivo, el que dicte el paso adelante o atrás.

Aún así, prefiero respirarte. Medio segundo de calma alivia el dolor de cabeza, las náuseas y el filo de una hemorrágica posibilidad. Los monstruos son personales, y cada quien debe lidiar con los propios. Pero, ¿qué hacer cuando todos aprovechan el momento y se abalanzan sobre la única luz que queda encendida, parpadeante y agónica? La desesperación y frustración es enorme, las fuerzas se escurren, pero las ganas y la convicción no se esfuman. Permanecen, tan azules, tan brillantes, tan transparentes, tanto como el primer día, tanto como el segundo y el tercero y el último, y todos los que falten por llegar.

Me derrito entre palabras lejanas, miradas encontradas y ausencias frecuentes, todo mezclado con sal y pimienta y un toque agrio de limón. Tan pasional es la voz que la cara se desfigura por un ínfimo momento, los sentimientos no se atrasan y salen a pelear con lanzas y espadas defendiendo su lugar, limpiando cada lágrima que logre escapar. Con lanzas y espadas pero sin escudo, para que cada golpe recibido duela y sangre y haga recordar la causa, para que luego cicatrice, aunque nunca se olvide.

Son tus manos quienes me mantienen de pie. Mi gravedad eres tú, ahora, y de ti depende la caída. Porque dentro del cristal, de la frágil estabilidad entre lo cuerdo y lo insano, los temblores disminuyen cuando al frío haces desaparecer. Sólo tú puedes detener la música y alejar todo fantasma con un ligero soplido. Deja que te siga respirando. Es lo único que puede mantener a un aislado corazón con vida, cuando él mismo teme morir por latir tan rápido.