6 de septiembre de 2015

Los Objetos Pueden Aparecer Más Cerca de lo Que Están

Una vez que se supera la gran ironía que eso representa, de cierta manera, en algún punto, las cosas retoman su curso. El propio, no el de uno. Porque a final de cuentas a las cosas no les interesa lo que pase con su dueño o aquel que las tome o quien sea que por algún motivo las esté viendo. Las cosas son lo que son, completamente independientes a lo que cada quien quiera que sea. Su existencia no depende de ser percibidas como tal, o de ser contempladas o tomadas en cuenta. Simplemente son. Y no importa lo que nosotros queramos que sean, porque jamás lo serán como imaginamos.

Claro, hay veces, muy contadas, en que logramos coincidir. Hermosa coincidencia que nos hace creer por un momento que tenemos cierto control sobre ellas, como si de verdad pudiésemos controlarlas. Las manejamos, las cambiamos de lugar, las modificamos para intentar que se adecuen a nuestras ideas, preferencias y circunstancias. Intentamos siempre interceder en el rumbo de los acontecimientos, haciéndonos parte nosotros mismos del flujo de un río que no tiene piedad con nada ni con nadie.

¿Qué tanto poder podríamos tener? Hay tantas situaciones que tienen que suceder antes de que cada instante suceda, que pasa de cierta manera desapercibido por la existencia del instante mismo, pues siendo tan momentáneo resulta casi imperceptible, y por ello, ciertamente inalterable. Son tan infinitamente pequeños esos instantes que toda acción que planeemos realizar, en nuestro supuesto poder, para alterar su camino resulta ineficaz, pues terminamos por alterar un instante completamente diferente al intentado. Necesitaríamos la capacidad de prever las consecuencias no sólo de la acción a tomar, sino del instante exacto en que estas acciones formarán parte de la realidad que tratamos de crear, y aún así no podríamos estar seguros de que nuestro plan ha funcionado por si mismo. Siempre existe la posibilidad, por ínfima que sea, de que hayan sido las mismas cosas que intentamos cambiar aquellas que hayan cambiado por sí mismas, no por darnos gusto, sino por complacerse a sí mismas, sabedoras de que son las únicas capaces de realizar tales cambios.

Tan fuerte es la influencia que tienen sobre nosotros, que toda cosa, todo objeto, todo lugar, toda situación, tiene la fuerza de transmitirnos algo, aunque sea probable que sea tan irrelevante que no lo percibamos. Pero, ¿qué hay de una visita a aquel parque, pasar exactamente por aquel árbol en que tantas palabras fueron dichas? ¿Quién o qué ha sido el que firmó de enterado que las circunstancias serían así? Tal vez en otro parque, bajo otro árbol, con otras palabras, todo habría sido diferente. Una hoja, un mensaje, el banco de la plaza donde te sentaste una vez a pensar. Una caricia, las decisiones, alguien que pasaba por ahí, aquella despedida final. En fin. Tantas y tantas cosas que poseen su memoria propia y que gustosamente comparten, para bien o para mal de aquellos que puedan ser dignos de recibirlas.

Podría ser, sólo como una pequeña posibilidad, que los recuerdos o las circunstancias o los objetos nos duelan porque no son nuestros. Tal vez sólo duele la pertenencia (o la no pertenencia, para cualquier caso). Una especie de legado que se queda en todo lugar que visitamos, en todo aquello que vemos, sentimos y tocamos. La transmisión de una parte de nosotros mismos, para llegar a quienquiera que queramos... o que sólo pase por ahí.