Verla de una manera que hasta ese
justo momento, jamás habrías pensado. Darte cuenta de que, a final de cuentas,
no eres más que… cualquier cosa. Desechable, pero jamás reutilizable. Ese
preciso instante en que el escalpelo corta, ese instante en el que la
fragilidad es puesta al descubierto, en que todo sale y escurre, de la mesa
hasta una pequeña alcantarilla en el piso.
¿Cuándo es que dejamos de ser
nosotros? ¿Cuándo es que nuestra esencia parte a un lugar mejor, o peor, a
cualquier otro lugar? ¿A dónde va? ¿Acaso se queda lo suficiente para saber qué
pasó?
Tal vez… tal vez sea cuando los
ojos se cierran y las luces se encienden. Curiosa e irónica metáfora. Casi se
siente como el único refugio que podremos encontrar si en algún momento nos
hallamos a nosotros mismos en esa situación.
También, tal vez por eso nos
burlamos tanto. Tal vez esperamos que el trago no sea tan amargo. Por eso las
fiestas y tradiciones, para intentar hacer las paces y nos perdone y no corte
nuestro hilo, o por lo menos lo haga mucho, mucho después. Pero que mejor no lo
haga nunca. Hay mucho por hacer en éste mundo. Y no es hasta cuando nos sabemos
tan próximos, que comenzamos a preocuparnos por ella, y por lo que no nos
dejará hacer.
La impresión. El miedo. El asco.
La fascinación. La curiosidad. La preocupación. Las inminentes preguntas que
surgen en la mente. Y la epifanía filosófica que eventualmente llegará. ¿Cuál
es el objetivo de seguir vivos?
Sea la razón, deidad o fuerza que
sea… debe estar inmensamente aburrida. Crear y destruir. Una y otra vez. Sin
más. Sin cansancio.