Es el frío el que me obliga a pensar más rápido. Es la prisa de llegar, de alejarme, de volver. Son las setecientas y más sensaciones que se mueren por quedarse. Es el baile que jamás se repitió.
Solía vestirse de rojo la tarde, siempre a tiempo, aunque la tuviese que esperar. Solía sentarse de frente y mirarme, como si quisiera alcanzarme y nada más. Solían ser los minutos más cortos, corriendo y escapándose de las manos, escondiéndose de ellos mismos, pero rehusándose a abandonar.
Tantas veces repitiéndose la escena, tantas veces con el mismo final. El miedo siempre venció a la oportunidad. No hubo sino una ocasión definitiva, la única en que el tiempo se detuvo, en que la distancia fue más corta, las ansias enormes. Tras un suspiro, tal vez no se detuvo lo suficiente.
Elegía al desenlace, es todo lo que queda. No hay marcas, no hay rumbo, no hay redención. La huida fue repentina, sin explicación. Pero, ¿por qué habría de haber una? Siempre se podrá preguntar después. Siempre se podrá inventar otra historia, un personaje más valiente, incluso un nuevo comenzar.
Fantasmas callejeros acompañan el andar, compartiendo la tristeza, pero sin disminuir el pesar. Todo duele, todo aprieta, todo añora regresar y cambiar y alejarse y atreverse y volver a cometer el mismo error, solo para poder mirarla de nuevo y tomarla y acercarse un poco más. Y después, hacer lo mismo y cada vez estar más cerca y más cerca hasta lograr volverse uno y pensar que hasta los errores llevaron a esto. A él. A ella. A ambos.
Ambos. Ninguno. Ambos. Uno. Ninguno. Los dos. ¿Cuántos mundos tendrían que cambiar para conseguir el resultado deseado? Si la calle no ha cambiado, si la tarde sigue roja, si el café sigue servido, en algún momento, en algún mundo, todo estará bien. Si se dice lo que está pendiente, tal vez haga que la caída se detenga.
Lo único pendiente es el café.
Lo único que falta es otra vida.
Lo único que falla es que no estás.
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