No podría haber sido un mejor día para que se rompiera el cristal. Ni en las más escondidas y rotas esperanzas podría haberse imaginado un mejor final. El hastío, el cansancio, las ganas perdidas por insistir. Las palabras que quedaron, no tan bien grabadas, tan sencillo que sería esfumarlas y verlas esparcirse por el mundo hasta que regresen a quien mintió.
Tal vez fue la hora. Tal vez fue el juego. Tal vez fue un terrible malentendido. Tal vez fue la misma facilidad con que huyó la primera vez, que recordó cómo hacerlo y quiso repetir la hazaña. Y definitivamente lo logró. Cada ocasión con menos esfuerzo. Sin importancia, evidentemente. Tan sólo cayó, tan solo se rompió. Sin ruido, sin dolor. ¿En qué momento se perdió la sensibilidad? ¿En qué momento se tomó la decisión por dejar de andar? Aparentemente, hace años.
Las letras iniciales confundieron más de lo que se esperaba. Las respuestas no crearon sino ansiedad. Terrible. Congeladora. ¿A quién se culpa sino a uno mismo? Con riesgo de caer en generalizaciones, por supuesto. Más palabras, menos palabras. Mismo mensaje. Más palabras, menos mensaje. Misma conclusión.
Treinta puede cambiar todo. Súmale todo lo anterior, y resulta irreconocible. Los llamados, las esperas. Las sillas y el café. Canela y azúcar, enrolladas y servidas calientes. Bailes irrepetibles. La eterna búsqueda, el toque que jamás se alcanzó a dar. Los cuestionamientos de madrugada, las respuestas completadas. ¿A dónde fue todo eso?
Dos aperturas para iniciar el reconocimiento. Dos horas de conversación. Dos períodos para darse cuenta que todo fue inútil. Dos palabras que acabaron más cosas que el punto final inexistente de los últimos dos pensamientos que existieron. Dos veces darse cuenta que, probablemente, jamás se tomó en serio. Dos veces dos, y otro más, la última marca.
Las coincidencias jamás se acabaron. Jamás se pudo huir de ellas.
Nada más cambiaron de número.
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