Uno nunca sabe lo que de repente puede
pasar por su cabeza. O porqué pasa eso, en específico. O cuándo pasará. O por
cuánto tiempo. Pero siempre es curiosa
la conclusión a la que se llega. ¿Por qué? Porque es una síntesis de tu actual
situación. Una forma de entenderte en ese momento, de saber cómo te sientes, lo
que eres en ese preciso instante. Y mi última conclusión fue…
¿Saben? Cambia mucho la manera en
que ves al mundo cuando te ves solo por un rato. Y no es soledad como tal,
simplemente carencia de compañía en ese justo tiempo y espacio. Uno puede entrar
a una tienda y mirar cuanto objeto te llame la atención, quedarte cuanto tiempo
quieras mirando un estante, observando los detalles de cuanta cosa brillante
pase frente a tus ojos mientras… Espera… ¿…brillante? ¿De verdad? ¿Y desde
cuándo haces eso? Eso es nuevo… En verdad quedas sorprendido de tal actitud.
Normalmente no sueles quedarte viendo ese tipo de objetos. Y menos cuando…
“¡Oye! ¿Ya viste éste? ¿Apoco no
te…?” Oh… Cierto, no está…
Estás dispuesto a leer un poco,
en aquel lugar que frecuentas. Vas por el mismo camino de siempre, desde la
entrada hasta el punto en que siempre te sientas. Así que, ahí estás, sentado,
procurándote un poco de sombra y un poco de sol al mismo tiempo, con tu botella
con agua a un lado y tu libro en la mano, gustoso de pasar un pequeño rato
leyendo. Ni siquiera te das cuenta del tiempo que pasó, por estar tan inmerso
en tan maravillosa historia, pero lamentablemente debes irte.
Así que tomas tus cosas, las
guardas, te volteas y preguntas: “¿Ya estás lis-…?” Suspiras, y recuerdas. No está…
Vas caminando por la calle, en
camino a tomar el autobús de regreso a casa. Tus audífonos puestos, a un
volumen exacto para no quedar sordo tanto por la música como a todo estímulo
exterior y evitar morir atropellado al cruzar la avenida. Es en esos momentos
en los que tu mano lucha contra el aire, en búsqueda de algo (alguien) que ya
sabes y comprobaste que en ese instante no está ahí. Así que sigues caminando.
Te detienes, volteas y cruzas. Llegas a la parada, sacas el monto exacto del
pasaje para no tener que esperar el cambio, giras la cabeza y… nada. Sigue sin
aparecer.
Y así es cómo… ¡Ah! La
conclusión.
La conclusión es que más que la
rutina, se echa de menos la presencia. Porque lo que no se escribió arriba, es
que hubo más de tres tropiezos por no ver o calcular mal los escalones. Casi
regresas a casa con la marca de un poste en la cara por no verlo, aunque estaba
justo frente a ti. Estuviste a punto de hablarle a alguien desconocido, que de
todas maneras terminó por verte feo, por pensar que en ese sitio estaba alguien
más.
Y lo anterior, por culpa de la distracción. Distracción causada por tener un solo pensamiento en mente. Distracción de la cual no se arrepiente uno, porque le recuerda cuando la echa de menos.
interesante, ¿sera ese el abandono de la individualidad? como siempre un articulo muy interesante n_n
ResponderBorrarEs ahí donde tu te das que un suspiro y en un instante, las cosas que más quieres, poco a poco se van apagando como una vela, que por más que ves y buscas algo, sigue sin aparecer, que la presencia de alguien es una hermosa poesía escrita con toda pasión que necesita ser leída para que sepas lo afortunado que eres por sentir esa dulzura. Una dulzura que poco a poco se va desvaneciendo hasta ser como una puesta de sol. La distracción no sólo es un momento de despiste es un momento de reflexión involuntaria. Muy buen divague mi estimado amigo.
ResponderBorrarel precio de pensar en esa personita... parece que tu musa hace muy bien al inspirarte de esa manera ... I like it!
ResponderBorrarseñor, tiene talento para lograr que uno sea capaz de acompañarlo durante su relato, si le puedo llamar así; y es precisamente que uno está tan distraido que en ocasiones no nota los talentos que se encuentran muy cerca de nosotros. muy agradable.
ResponderBorrarChávez
Me pareció interesando la cadencia del relato, siempre tan lleno de divagues. Pero bueno, saliendo de la redundancia. Desde mi punto de vista, el original tratado de la escusa que siempre genera la incertidumbre eleva el espíritu hasta el más alto agasajo crónico.
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