Cerrar los ojos y observar siempre la misma escena. Sin cambios. Sin alterar. Por siempre congelado en el frío invierno de la mente y del cuerpo y su cobarde traición. Y es tanto el frío que el sueño no llega, y el hambre no existe. Sin excusas, la única escapatoria son callejones a medio iluminar, donde la única y pequeña luz parpadea queriéndose apagar, sufriendo mientras se burla de la imposibilidad de que el sol salga de nuevo, sabiéndose la última luz del mundo, antes que todo caiga en completa oscuridad.
Las pesadillas recurrentes regresan. Y sin luz, se atreven a cabalgar durante el día, con espadas desenvainadas, dispuestas a cortar cabezas sin detener la marcha. No hay descanso para los condenados, pues su destino y castigo es perder la cabeza diariamente y tratar desesperadamente de encontrar consuelo en donde jamás lo habrá si jamás regresa la luz. Y el castigo será peor que nunca, pues la lección no fue bien aprendida, y tendrá que encadenarse el mundo a la espalda y observar cómo la vida sigue su curso, aquella vida que ya no le corresponde, pues ya no es parte de ese mundo.
Un dulce aroma que no abandona la nariz. Una brisa suave al tacto, imposible de ignorar. Ríos hechos mares, contaminados sin motivo ni razón. Y una silueta que jamás podrá olvidarse. Mientras se avanza al patíbulo, sólo se puede rogar porque la muerte sea pronta y el corte limpio.
Sé que la hoja no está afilada, pero el hilo ya está cortado. Y a cada paso que doy, lo inminente se vuelve cada vez más evidente. Y ni siquiera queda alma por apiadarse, pues la he vendido por un poco de esperanza, que se consume poco a poco por la sed.
Sólo queda esperar que los extremos no se alejen. Y si ocurriese, que el nudo sea suficientemente fuerte.
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