Te escribo aquí porque jamás podré decírtelo. Ya no hay
manera. Y lo lamento mucho y profundamente. Una última palabra, una última
sonrisa. El mundo entero por obtener alguna a cambio. Resulta indescriptible lo
bien que se sentiría estar contigo de nuevo, pues tu sola presencia
tranquilizaba. Nunca te sentí con prisa, jamás te vi correr; creo que eso quedó
mucho antes de siquiera conocerte. A pasos lentos andabas por la vida, siempre
buscando que nada te detuviera. Ni los días, ni las calles, ni la vida. Me temo
que esa última te falló, al final. Inevitable.
Te escribo por cobarde, porque no tuve el valor siquiera de ir
aquel día. No te imaginas lo mucho que dolía. Y lo mucho que duele aún. Busqué
por todo medio posible no externarlo, que la tristeza quedara guardada hasta
que fuera seguro, hasta que la inmensa soledad embargara el sentimiento y se lo
llevara lejos. Y la soledad llegó, pero sólo a acompañarme, porque no se llevó
nada. Tu ausencia aún me duele, y tu presencia siempre me hará falta.
No sé si estabas consciente de todo, de lo importante que
eras. Tomaste el lugar del que se fue antes de tiempo, y tomaste el lugar del
que jamás estuvo presente. Significabas más de lo que podría haberte dicho, más
de lo que yo mismo sabía. Te conocí antes de saber quién eras, y sé que te
recordaré hasta que lo vuelva a ignorar.
No sé dónde estés ahora. Y sé que escribirte es inútil,
porque jamás lo podrás leer. Pero es la única manera en que puedo hacer que en
verdad el sentimiento se vaya, porque aún ahora, muchos días después, las
lágrimas siguen surgiendo cada vez que me acuerdo de ti. Hacerlo público es lo
mismo, porque en persona jamás dejaría que me viesen como estoy ahora,
destrozado y temblando.
Te fuiste, y sé que no volverás. Mi único deseo contigo es
que, donde sea, te encuentres bien. Me dueles muchísimo. Y con todo y ello, espero
que sea la última vez que hablemos.
Gracias infinito.
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