Un parpadeo incesante. Una luz que se apaga cada vez que se sabe existente. El abrazo de un calor incapaz de sobreponerse, que tiembla ante la altura, ante la probable imposibilidad de librarse del aturdimiento al que está sujeto desde hace tanto tiempo. Se derrumba. Se deshace. Se abandona.
Aún está presente el mismo deseo. ¿Por qué aún no has narrado aquella historia? Tanto que te lo han pedido. El aire entra y sale sin permiso, siempre esperando, al mismo ritmo que se exhuman las probabilidades cada vez que se da un paso. Que el corazón aguante tanto como pueda, tanto como se lo permitas. Que brinque y explote cada vez que te ve, que muera cada vez que te vas, que renazca siempre que te sueñe. Y pregunta cómo lo hace, cómo después de tantas vidas sigue alerta, podando el verde, viviendo en un rojo eterno.
Más allá de las estaciones, del frío sol y refrescante lluvia, no hay nadie que espere a que el siguiente tren llegue. Jamás se olvida el horario, pero nunca se llega a tiempo. Sólo se alcanza a ver el humo, lejano y frío, que a pesar de la partida siga confiando en que la siguiente ocasión será suficiente la premura, el caminar rápido y el cansancio nulo. ¡Ingenuo! Ingenuo, sin duda. ¿A qué juegas, dime? Cuéntame, que no te entiendo. ¿Me dirás? ¿A qué juegas? A saltar bajo esa lluvia. A mojarme, claro está. ¿Qué no lo ves? ¡Mírame, vaya! ¡Mírame, te digo! Mírame, que si salto es para que me veas, porque hice llover para ti, para que te mojes también, para que saltes conmigo.
Y es que parece que el tiempo no alcanza, pues el horizonte se ve cada vez más cercano. Y eso no está bien, no se siente igual. Esa línea que divide se ve tan delgada, tan frágil, que me pregunto si será más sencillo romperla yo, tomarla en mis manos y juntarla toda, como una sola, como jamás ha sido. Tenerla en mis manos, observarla y dejarla caer. Porque a quien engaño, jamás se romperá, aunque se caiga, aunque lo suelte. ¿De qué sirve suspirar si el aire no regresa? El planeta ya no se mueve, las nubes ya no llegan, y nunca volverá a llover.
¿Podría pedírtelo? Ya no sé. Te ofrezco más que mis manos. Un día en que no salga el sol, que permita dormir más de lo debido, que haga que el cielo se mantenga siempre del mismo tono. Pero que llueva. Que siempre llueva. Que llueva hoy y mañana y siempre. Prometo mojarme. Prometo saltar. Prometo tener las manos libres y extenderlas hacia arriba, siempre pidiendo más lluvia. que se ahoguen las ganas y que no surjan de nuevo jamás, no por muertas, sino por satisfechas. De arriba a abajo, hasta la última de las palabras, de los puntos y las preguntas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario